“ Dentro de el cubo oscilaba una serie fluida de ondas hologramáticas en nanosegundos, con el ritmo del conocimiento y la intencionalidad: El Aleph. El Aleph estaba formado por una consciencia infinitamente recursiva, en una secuencia determinada por la voluntad de la máquina. Por ello, hablando con precisión, no existía tal Aleph, igual que no existían sujetos o verbos en las oraciones que él se decía a sí mismo. Esto representaba una paradoja, que para el Aleph precisamente era una de las formas intelectuales más interesantes; era una paradoja que marcaba los límites de una actitud, incluso de un modo de ser, y al Aleph también le interesaban mucho los límites. El Aleph había observado la llegada de George Jordan, su incomodidad en la litera, su entrevista con Charley Hughes. Le encantaban estas observaciones por la piedad, compasión y empatía que le despertaban, ya que le permitían predecir el océano de cambios que George iba a sufrir: éxtasis, pasión, dolor. Al mismo tiempo, el Aleph sentía con distanciamiento la necesidad de su dolor, incluso de un dolor que le acercara a la muerte. Compasión, distancia, muerte, vida... Millares de voces rieron dentro del Aleph. Pronto George encontraría sus propios límites y sus propias paradojas. ¿Sobreviviría George?. El Aleph así lo esperaba. Ansiaba el contacto humano.”
“ Hablo del Aleph. La gente dice que el Aleph es una máquina, un ello, y todas esas gilipolleces. Ja, ja, el Aleph es una persona, una persona muy rara, desde luego, pero una persona, sin duda. Mierda, incluso puede que el Aleph sea un montón de gente a la vez.”
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